No se me da bien esperar,
ni esconderme, ni callarme,
ni verte marchar, ni dejar de
ver tu teléfono llamando, ni mojarme los pies en el mar
sin que tus huellas vayan quedando tatuadas al
lado de las mías.
No se me da bien no verte, no tocarte,
ni abandonar la idea de envejecer a tu lado,
mientras mi pintalabios se acaba
y se te van gastando los zapatos.
No se me dan bien los días de lluvia
sin que busquemos un portal para hacerlo
tierra de nadie, darle tregua al mundo,
y que se callen los relojes.
No se me dan bien las tardes de invierno,
ni de verano, ni ninguna estación
a la que no lleguen tus trenes.
No se me dan bien las terrazas en
la costa, ni los cafés medio fríos,
no se me dan bien las miradas fugaces
por encimas de los titulares del periódico,
si no son tus ojos los que esperan
al otro lado del salón.
No se me dan bien las noches, ni
los días, ni el frío ni el calor,
no se me dan bien el coraje ni el miedo,
ni la vida, sin tu voz.
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